Quedan algo más de 90 días para el Domingo de Ramos. Voy a contaros las previas, para mí, y que es lo que suelo hacer cuando llega el tan ansiado día. Yo empiezo ya con los rituales desde la noche del Sábado.

Suelo recibir la visita de mi madre el Sábado, a alguna hora de la tarde. Me trae las túnicas limpias, planchadas y preparadas sólo para colgarlas en el armario. Con la anochecida me suele gustar quedarme en casa, tranquilo y descansando. Empieza el cosquilleo en el estómago.

Escucho marchas, quemo incienso, me pongo videos… Me voy temprano a la cama, mirando los últimos partes meteorológicos e intentando quedarme dormido cuanto antes, ya que el despertador estará sonando a las 7 de la mañana. A esa hora me levanto, me aseo y me planto el traje.

A las 8 en punto estoy en San Lorenzo para ver al Señor. Visita obligada en este día. Luego busco un lugar para desayunar y coger fuerzas. La jornada será larga. A partir de ahí al Salvador, donde veo el besapie de Pasión y los pasos de la hermandad del Amor perfectamente dispuestos.

Del Salvador, por Puente y Pellón y Regina, dirijo mis pasos a San Juan de la Palma. Mi hermandad. Mi cofradía. Allí me quedo embelesado, contemplando como de perfectos pueden llegar a ser unos pasos procesionales en su conjunto. Saludo a los amigos y hermanos. Otro año más que pasa…

Después, dependiendo del año, puede que pase por los Terceros, quizás Molviedro. San Julián suele ser el punto final de la mañana, que acaba a las 12 del mediodía en Casa Vizcaíno, tomando unas cervezas. Desde la plaza de los carros observo el ir y venir de los sevillanos.

A la 1:00 me retiro a casa a almorzar algo ligero. Me acompaña siempre mi querido @DeManeras que se viste de nazareno conmigo y es mi pareja de tramo desde el primer año que salimos. Con la TV local puesta, y escuchando los comentarios de Rayo y compañía, solemos entrar en duermevela

Mi madre llega sobre las 4.30 y ella es la que nos ayuda a vestirnos de nazareno. Nos gusta llegar temprano al templo y disfrutar de la intimidad del mismo, antes de que lleguen la mayoría de nazarenos. Nos vestimos cuidadosamente. Sin prisa. Los pulsos se aceleran.

Una vez vestidos nos despedimos de la familia y bajamos hasta el portal. En el zaguán nos cubrimos y alguien nos ayuda a abrir la puerta y salir a la calle. Es indescriptible la sensación de sentirse nazareno de la Amargura y caminar en silencio hasta San Juan de la Palma.

Acercándonos al templo cientos de pensamientos me inundan la cabeza. Una vida entera en ese trayecto, desde que te colocas el antifaz en el portal, hasta que accedes al interior de la iglesia. Ya en ese lugar te olvidas de cualquier cosa. Sólo quieres que todo salga bien.

Cuando las puertas de S. J. de la Palma se abren y empezamos a desfilar los silentes nazarenos blancos, ya somos, una vez más, historia de la semana santa. Ya lo dijo Paco Robles: «esta cofradía no procesiona. Levita por el aire, inundando, allí por dónde pasa, de clasicismo».

Horas después, ya en casa, cansado y feliz, después de haber acompañado a mis titulares por las calles de la ciudad, quedaré tumbado en el sofá, con una extraña sonrisa, medio fatigado, medio alegre. Pensando quizás en todo lo vivido. En qué queda todo un año para volver aquí.

Nacho Guisado.