Estoy cerca de cumplir los 19 años de casado con mi mujer. Nos queremos tanto que nos casamos 2 veces, por lo civil en su tierra y meses después, por la Iglesia, en la Tierra de María Santísima. Pues resulta que, como hicimos las cosas tan bien y pedimos la validación del primer enlace en tierras galas para que constase legalmente en España, tardamos más de un año en obtener el certificado legal. Curiosa paradoja, casados dos veces pero, legalmente, en España nos llevamos cerca de 2 años sin constar como casados.
¿Y por qué os cuento todo esto? Veréis. Cuando se enteró mi abogado me dijo que si no hubiésemos dicho que nos casamos en Francia. El proceso hubiese durado un par de días, el tiempo que la Iglesia hubiese notificado a Registro Civil nuestro matrimonio. Y sentenció con una frase que nunca se me olvidará «Es que, algunas veces, para hacer las cosas bien… hay que hacerlas mal»
Pues eso, que (hablo ya de cofradías) lo hemos hecho tan bien que cualquier miembro de una hermandad no necesita ir a su sede para ver a sus devociones, ya que les llegan unas cuantas fotos por el canal de Whatsapp y otras tantas por las redes sociales. Lo hemos hecho tan bien que, en vez de asistir a cultos, traslados, etc… lo podemos ver cómodamente desde el ordenador o el móvil desde el sofá de casa. Lo hemos hecho tan bien que hemos acostumbrado a un público consumista a ver siempre pasos con una marcha sonando (y claro, si no es así, llegan los abucheos y las indignaciones) Lo hemos hecho tan bien que a un nuevo hermano se le acoge y no hace falta darle nada de formación.
Lo hemos hecho tan bien, poniendo en la calle nazarenos… que digo nazarenos… ¡Beduínos! que llevan: caramelos, estampitas, medallitas, pulseritas, piruletas, muñequitos… que la chavalería de hoy en día solo tiene que alargar el brazo y decir (algunas veces ni eso) «¿Tienes algo?» Lo hemos hecho tan bien que el público potencial de algunas cofradías está informado de donde puede caer tal marcha. Lo hemos hecho tan bien que algunas hermandades abren las puertas de su sede a cámaras y medios de comunicación para que sus televidentes vivan «desde dentro» el ambiente que se respira, mientras el nazareno ve peligrar su intimidad. Lo hemos hecho tan bien que, da igual como trabaje una junta de gobierno durante todo el año, que como se equivoque a la hora de aprobar o suspender una salida, es motivo para pedir dimisiones. Lo hemos hecho tan bien algunas cuentas de Twitter cofrades (me incluyo) que con nuestra guasa y sentido del humor durante todo el año, mucha gente se ha creído que, cuando llega Semana Santa, lo normal es hacer una parodia de ella en la calle. Lo hemos hecho tan bien que, hasta ese amigo que teníamos en el instituto y que ni se sabía (ni se sabe) el nombre de la mitad de las cofradías que procesionan en Sevilla, se sume a la mayor fiesta de nuestra ciudad. Lo hemos hecho tan bien que nos creemos que nuestra hermandad la vamos a cambiar a golpe de tuit en vez de asistir a un cabildo. Lo hemos hecho tan bien que ha habido personas que, el día de salida, no han podido acudir a su templo vestidos de nazarenos. Lo hemos hecho tan bien que, a través de las redes sociales, hemos desvelado rincones que pocos conocían y ya se encuentran masificados. Lo hemos hecho tan bien que, en los últimos instantes de una estación de penitencia, en vez de quedarte con la imagen de tu devoción, te quedas con la de la pantalla del móvil del hermano que tienes delante, la de su novia, en pijama, disfrutando a través de una videollamada de la última chicotá, mientras te contienes y no le bajas el brazo porque sabes que la cosa puede acabar mal. Lo hemos hecho tan bien que hemos pasado de echarnos flores a echarnos, directamente, petalás.
No voy a decir, como mi abogado, de hacer las cosas mal para que salgan bien. Pero si procuramos no hacerlo tan bien, lo mismo, la próxima vez, no saldrá tan mal.


