Ahora que va a finalizar la segunda fiesta popular más importante de la ciudad. estoy cayendo en que no he visto de forma presencial la Portada. Y mira que estuve en una caseta en la calle de Pepe Hillo a escasos metros, pero de espaldas a ella. Bueno, ví un trocito de la parte superior, eso si, iluminada. Se presumía que estaba radiante, como el resto de la Feria.
Pero el Martes Santo de este año había algo que no me podía perder. Mientras me despojaba de mi túnica de ruan en casa de mi madre y el sinsabor que me dejó el no realizar mi estación de penitencia, no podía dejar escapar el ver a mi Virgen del Dulce Nombre. Y no lo digo por lo extraordinariamente bella que lucía con la forma en que la vistieron, no. Es que hay cosas que no se pueden explicar, no se en que momento exacto de mi vida me enganchó. Incluso en mi juventud, siendo yo más de pasos de misterio que de palios, siempre he sentido gran devoción por esta dolorosa.
Pero bueno, a lo que iba. Por las horas que eran, tenía que pillar a la cofradía en algún punto de su regreso a San Lorenzo. La empresa era difícil, muy difícil, pero no imposible. No me la jugué y fui directamente a dejar el coche en el parking de Puerta Osario. Ahora tocaba buscarla.
LLegué a las cercanías de la Plaza del Salvador, me encontré a conocidos que me advertían. «Poco vas a ver. Quillo, venimos de una de las peores bullas de mi vida, esto está que no se cabe»
A ver, cierto es que había mucha gente. Pero que estar todo el día andando por el centro y en grupos de más de 6 personas, hace quizás que las cosas se vean de una forma más negativa. Yo iba solo y con un objetivo muy claro. Así que le eché mucha paciencia y fui contracorriente en la calle Córdoba. Por cierto es curioso ver el estado de nerviosismo en una bulla de quien ya está cansado y compararlo con la actitud y relax de uno mismo que acababa de llegar. Como uno de los discos de Siniestro Total: «ANTE TODO, MUCHA CALMA».
Eso, y que sabía que quedaban algunas horas de recorrido, y si no era allí, la buscaría en otro lado.
En cuestión de 10-15 minutos ya me encontraba en el Salvador. «Anda mira, parece que se escucha la banda de música, ya la voy a tener aquí» y así fue. Pero el destino me tenía preparado algo que borraría la sonrisa de mi cara. Justamente antes del golpe de martillo que haría comenzar la chicotá con la que pasaría por mi lado, una ventolera hizo que se apagasen todos los cirios de los nazarenos y absolutamente toda la candelería frontal del paso. ¿Y que iba a hacer? pues disfrutar de lo que pude. Sonaba «Siempre Macarena» a los sones de La Oliva de Salteras, casi ná.
Pero, viendo (y previendo) como transcurría e iba a transcurrir la Semana Santa. Necesitaba regalarle a mis sentidos una imagen aún más icónica de mi querida virgen. Por lo que me aventuré a seguirla, (tras la banda) para buscar una posibilidad de verla en su máximo esplendor.
Y la seguí y la seguí, (que bonito es seguir a un palio) hasta pasada la calle Orfila, pudiendo acceder a la Plaza de San Andrés. Fui a buscarle su perfil. Pero fíjate que cosas, el capataz mandó bajar el paso justo al lado de un árbol que me tapaba casi al completo la vista que anhelaba. «Bueno, niño» me acordé otra vez del «ANTE TODO, MUCHA CALMA» y me dije «No pasa nada. Candelería encendida. A no ser que venga una ventolera como la de antes, vas a poder guardar en tu retina lo que has venido a ver»
Y ahí es cuando entraron en juego dos costaleros que vinieron a buscar a una chica que yo tenía justo delante.
- «Venga, vamos, que hay hueco»
- «¿De verdad?»
- «Que sí, venga, vamos rápido»
Y ahí que uno de ellos la cogió de la mano y se la llevaron. Y ahí que ví la puerta del cielo abierta y con un «No ni ná» los seguí. Y cuando me quise dar cuenta, me encontraba justo delante del paso, frente a Ella. En la estrecha calle Daoiz, sonando «La Madrugá».



